El Tío del Tanganillo

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Yo estaba en la escuela, sería el otoño del 60 más o menos. Entró en vigor una ley o reglamento que obligaba a los perros, en época de veda, a llevar un palito colgado al cuello. Así fue como los escolares aprendimos la palabra “tanganillo” sin necesidad de un dictado del maestro.

De pronto empezamos a ver perros con tanganillos de caña, de sabuco, de adelfa o de olivo, y pensábamos que competían entre ellos porque después del culo se olían mutuamente el adminículo. Pero no era cuestión de moda o capricho canino, ya que la ley no obligaba a los perros sino a sus dueños.

En este contexto apareció en el pueblo un curandero. Un hombre moreno, no muy alto, con pelos rizados que para el canon popular eran demasiado largos. La barba en cambio no era tan larga, de lo que deduzco que debía de ser joven. Si me hubieran preguntado entonces no habría dicho que era joven, pues en aquellos tiempos el límite entre juventud y madurez era de 28 años, según supe por una Telva o un Mundo Cristiano. Yo era ávido de lecturas, incluso impropias de niños.

El sanador traía un burro, y el burro unas grandes alforjas con muchos compartimientos. Cada bolsillito de las alforjas tenía un nombre escrito, y lo que contenía eran semillas, hojas, pequeños tallos, flores o frutillos, todos secos. De uno sacaba a veces pipas de girasol, que me gustaban mucho, y traté de fijar en mi memoria el complicado nombre, Helianthus.

Los escolares, atentos a la novedad, íbamos a ver al curandero en el recreo matinal, y luego por la tarde, a ratos. A mí me hubiera gustado quedarme más tiempo observando a un personaje tan singular, pero mis colegas se cansaban, y yo, más pequeño, iba tras ellos.

Se habían instalado en un soportal, cerca de la calle Real, él y el burro, y los primeros signos de su santidad o poder curativo derivaron, por ejemplo, del hecho de que no bebía jamás leche hervida -que le ofrecieron los vecinos siempre hospitalarios- o de no importarle dormir debajo de la azotea, casi al sereno, habiendo aceptado sin embargo una cuadra contigua para el asno.

Vida natural y sin hervores, amor por los animales, acento castellano o extranjero, barba y largos pelos -pero él hacía sus abluciones, no era tan sucio-, túnica blanca, y gestos de misterio cuando rezaba al sol en su orto y ocaso…, ¿qué más le puede pedir un pequeño pueblo andaluz a un santo, aunque adventicio?

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He aquí el modus operandi del curandero, seguido a rajatabla desde la primera ristra de enfermos:

– ¿Cuál es su dolencia?

– Me duele tal órgano.

Y él con unas pinzas, callado y serio, solemne y tranquilo, sacaba de los bolsillitos apropiados varias semillas, flores, hojas o tallos, que envolvía en un pañuelo hasta hacer con todo un cilindro blanco de unos 12 cm, sobre el que enrollaba una hebra de lana verde para sujetarlo, y este mismo hilo formaba al final un gran lazo, destinado al cuello del paciente de turno.

Tras colgarle aquel extraño remedio al enfermo, que agachaba la cabeza para recibirlo, pues él nunca se incorporaba, sentado como estaba en la postura del loto -este nombre lo supe mucho más tarde, por otra revista, supongo, juntando las manos en la barbilla, y muy compungido, como si fuera el propio doliente o más bien su sustituto, recitaba una larga oración en silencio, y entonces todos callábamos, incluso los más chicos. Me hubiera gustado aprender los versos de aquel conjuro, pero sólo los dijo para sus adentros.

Por lo que pude apreciar como pequeño observador circunstancial, sólo titubeó con las pinzas de las semillas cuando el Tío de los Puerros a su lógica pregunta respondió trágico, con muchas morisquetas y retorciéndose como un largo gusano:

– A mí me duele todo el interior de mi cuerpo. – Lo de todo el interior lo dijo con énfasis, muy tembloroso y pausado.

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El santón no se esperaba la necesidad de meter una muestra de cada semilla, raíz, flor, hoja o tallo curativo en el cilindrillo de paño para sanar todo el cuerpo; ni tampoco una teatralidad mayor que la suya, que lo dejó impresionado.

Pero esta fue una excepción, y lo que yo quería contar es el protocolo general de aquel médico extemporáneo. Consumada la interiorización y el exorcismo, llegaba la cuestión del emolumento:

– ¿Cuánto le debo?

– Doss duross.

La gente pagaba y no poco, ¡dos duros! Nunca los había tenido juntos en mi bolsillo, pero sólo vi protestar a la Mejorana.

La Mejorana parecía en aquel momento dura de oído, aunque no era la enfermedad por la que había acudido, e insistió con su voz quebrada:

– ¿Doh pezetah?

– Nooo, dooss duross -precisaba el sabio, mostrando divergentes dos dedos importantes en signo de victoria aritmética, y arrastrando eses como ahora Rajoy, muy fino.

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La Mejorana se acercó a su casa y trajo unas naranjas de su huerta, con la intención de llegar a un arreglo. Pero pagó por fin los dos duros, y estoy seguro de que aquel dispendio hizo más daño a su salud que el mal que supuestamente iba a ser curado.

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Aunque me acuerdo bien, por ejemplo, del nombre de un prestidigitador que por aquellas fechas visitó el pueblo, El Gran Apary y Lucy Ro -esta era su ayudante-, no me acuerdo en absoluto del nombre del curandero, quizás nunca lo dijo.

Y como, para entendernos, a todo hay que ponerle un nombre, y dado que aquel hombre santo colgaba del cuello de los afectados un cilindrito; alguien, recordando con amargura sus perros, sugirió uno: “El Tío del Tanganillo”, gracioso mote que se extendió y consolidó entre los vecinos.

El Tío del Tanganillo, increíblemente según comentaba mi madre, recibió tantas visitas que aquello parecía más un hospital que un pueblo, según el número de enfermos.

La calle Real estaba patas arriba, con una gran zanja en medio, donde gracias a un alcalde del Movimiento activo iba a ser alojado el nuevo saneamiento. Teniendo en cuenta que el ancho de la calle, aunque Real, de un pueblecillo morisco es de tres o cuatro metros en promedio, y que la zanja ocupaba otro, y que la tierra de la excavación estaba depositada a ambos lados, se comprende la dificultad de acceso al consultorio y dispensario todo-en-uno.

Mi madre, que tenía una tienda hacia la calle Real, no salía de su asombro cuando, advertida por las vecinas que estaban pendientes de la procesión de enfermos, vio pasar, sorteando la zanja y el barro, provista de paraguas y bastón -pues aquel día estaba lloviendo- nada menos que a Auxilito.

Auxilito, cuñada soltera de una persona importante del pueblo, estaba mala de las piernas, era zamba, y por eso sólo andaba de su casa a la iglesia y media vuelta, unos cuantos metros por terreno casi llano. Pero en aquella ocasión, movida por una nueva fe, llegó mucho más lejos.

– No me lo puedo creer -dijo mi madre restregándose los ojos.

– No está tan mal de las patas Auxilito… no le hace falta un curandero…, -terciaban con guiños y sonrisas Marta y Avelina, las incrédulas vecinas al acecho.

Hubo un período en que casi todo el pueblo tenía un tanganillo, como los perros, y cualquier gesto o lenguaje giraba alrededor del santo advenedizo. Hasta en la escuela se introdujo el caso:

– ¿Conque ayer por la tarde perdiste el tiempo en lo del curandero, en vez de aprenderte los verbos? Ponte aquí al lado, que te voy a curar de espantos.

Así preguntaba y ordenaba el maestro, sarcástico. Y juntando manos con barbilla imitaba al santón -este menos agresivo- y musitaba una falsa oración de Mantis antes de soltar la diestra, de improviso, para arrear la clásica bofetada al alumno desmemoriado de turno. Los memoriosos nos reíamos de esta variante pedagógica, al principio de los tiempos del modo indicativo. Luego no tanto, cuando el maestro, ya francamente sádico, nos inquiría sobre las personas del improbable futuro imperfecto del subjuntivo.

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Por fin el Tío del Tanganillo se fue del pueblo -con lo que el maestro dejó de orar antes de sacudirnos- por una conjunción de factores, creo:

1. Ya no quedaban allí más dolientes, creyentes e inocentes, en grado suficiente para su anhelo pecuniario-curativo.

2. El Alcalde y la Guardia Civil bajo su mando estaban temerosos de que algún enfermo, la señorita Auxilio por ejemplo, cayera en la zanja del alcantarillado nuevo y se lastimara otros huesos.

3. Al Cura no le hacía gracia, ni mucho menos, que pasara por santo y sanador aquel hombre que no se acercaba a la iglesia ni los domingos.

4. Del Maestro ya he comentado cómo hacía burla del curandero.

5. La gente perdió la fe, que siempre se pierde por un detalle ridículo.

En mi opinión, las fuerzas vivas enumeradas del 2 al 4 no fueron decisivas para la marcha del curandero; el punto de inflexión y reflexión tuvo lugar cuando (5) aquel sabio afirmó que la persona del pueblo que había encontrado más prudente, justa, fuerte y templada era Josué el Arreglator -y la más agarrada la Mejorana, pero esto no lo dijo, solo lo pensó para sus adentros.

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¡El Arreglator! ¿Quién podía creerlo?

El Arreglator era listo desde luego, pero en virtudes cardinales no destacaba ni un pelo de los suyos, siempre revueltos. Era un individuo muy particular, distinto, y poco amigo de parientes o conocidos. Vivía solo, y los veranos desaparecía, pero alguien lo veía bañarse todo desnudo en los charcos de los arroyos con su perrilla de aguas toda peluda, con lo que seguía escandalizando al pueblo. De este modo los posibles creyentes, en su intimidad, se convencieron:

– Si creo en este Hombre, y él cree en el Arreglator, su petición de milagro, y son dos duros, no va dirigida directamente al cielo.

Pero puede ser que las fuerzas vivas (motivos 2 a 4) lo expulsaran sin necesidad del factor (5) que digo, y que este argumento fuera una excusa para echarlo.

Y puede ser también que el curandero expresara su admiración hacia el Arreglator cuando el establishment ya lo estaba largando, y como diciendo: “no sois vosotros, ni mucho menos, los santos de este pueblo; es el Arreglator, sabedlo”.

Pudo ser eso y más, pues mi memoria no conserva el orden exacto de los acontecimientos.

En cualquier caso, se parecían mucho -y congeniaban excepto en el pelo- el Tío del Tanganillo y el Arreglator. Solo que este era vecino ¡y no tenía la jeta de pedir dos duros por un simple arreglo en la máquina del tiempo!

Cabe suponer, por tanto, que agotados los fieles (1), y perdida la fe del vulgo (5), un día las fuerzas vivas (2 a 4) removieran al curandero quien, con su borriquillo y sus alforjas de plantas medicinales, surcando un alto puerto del término, llegó por la tarde al pequeño cortijo de Alcorca pidiendo cobijo.

Alfonso el de Alcorca -el colono del cortijo- también era un hombre distinto, pero no como el Arreglator. Alfonso era de la opinión, o mejor determinación, de que en su casa, salvando los de las gallinas y los propios, no podía haber más huevos. Y en consecuencia capaba por costumbre todos los machos cercanos: perros, gatos, conejos, cochinos, jumentos…

Cuando aquella tarde llegó el curandero procedente de Benadalid pidiendo techo, Alfonso viendo sus barbas pensó en caparlo, lo primero; y mientras hablaba con él apretaba la navajilla curva en su puño diestro.

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Luego decidió, mejor, pero siempre precavido ante el poder de los huevos ajenos, que las mujeres de su casa fueran a pasar la noche al pequeño cortijo inmediato, el de doña Paula, cosa que hicieron. Y sólo entonces, mientras ellas perdían las alpargatas en el barro del trayecto, le ofreció al sanador para dormir aquella noche el pajar, sin riesgo de castración. Su burro también se salvó del peligro, por no ser entero.

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No tengo más noticias que dar, no sé quién era este personaje auténtico que revolucionó todo el pueblo; ya he contado que incluso mi madre, reclamada por las vecinas, se asomó a la calle para ver el milagro de Auxilito recorriendo, hasta llegar a sus plantas -en parte medicinales-, un cross de 300 m, récord muy superior a los 30 que le exigía el cura don Isidoro, menos milagrero.

Pasado el tiempo, casi todo humano de Benadalid dejó de llevar tanganillo, no así los perros. Los pocos fieles que aún lo portaban propalaron el rumor benigno de que aquel tío era en realidad sobrino, de una marquesa de Jerez o de Sevilla, un poco chalado sí, pero no tanto como el Arreglator.

Chalao cómo iba a estar, si te sacó dos duros y sigues igual de malo… -replicaban con sorna los escépticos.

Y de este modo el Tío del Tanganillo, salvo en mi memoria, se fue extinguiendo.

Aún me queda en ella la aparición del Gran Apary y Lucy Ro en el pueblo, pero esa es otra historia de aquel tiempo.

Gerardo Sierra

Diciembre, 2016

2 Respuestas

  1. Lucía Fernández dice:

    Te felicito porque he pasado un rato muy divertido leyendo la historia tan bien contada de este curioso personaje.
    Los nombres que sustituyen a los auténticos de personas reales son bastante acertados y contribuyen a hacer el relato más hilarante.
    Las circunstancias históricas y sociales reflejadas aportan una importante información de aquellos tiempos.

  2. Gracias, Luci, me alegra que te haya gustado.

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